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martes, 20 de enero de 2015

Asimetría






El doctor Miranda llegó puntual. Exactamente media hora antes de que empezara la consulta. Todo estaba en orden. Abrió un poco las ventanas que daban a la calle para airear el lugar que olía a alcohol y a desinfectante. Pero no demasiado, para no permitir la entrada de polvo y bacterias. Miró a su alrededor buscando alguna imperfección; enderezó un cuadro, tela de Toulouse Lautrec que exhibía una ignota prostituta parisina.

_ ¿Auténtica?
_No, nada de lo que allí había era auténtico. Pero él no lo sabía.

Era un hombre muy seductor, no se podía dudar. Algunas canitas le daban un aspecto de madurez temprana y sus ojos celestes en medio del rostro tostado hacían una buena conjunción. Se recibió de médico hacía algunos años y al mismo tiempo recibió la cartera de pacientes de su padre, que también era médico. Todo en orden, todo en su lugar.
Su secretaria le anunció la llegada de su primera paciente. “Amanda Gómez, adelante...”  Ella  era como un torbellino de aire fresco en aquel lugar abatido por la asepsia...

- ¿Era… usted me comprende, estaba para... es decir, ¿Tenía buen cuerpo? ¿Era atractiva? Estaba para “darle”?
-Pero ¿Usted para qué quiere saberlo? (ejemmm no me haga recordar…)

En fin, se puede decir que atraía más su misterio, su actitud corporal, sus gestos y su voz que cualquier otra belleza física y además era demasiado hipocondríaca.
Consultaba por un dolorcito aquí o allá o vaya a saber dónde, pero estaba segura de que le dolía en algún sitio. Comenzaron a hablar que a qué se dedica, que cuántos años tiene, que el clima está bastante cambiante debe ser por la capa de ozono. Amanda se enamoró totalmente en la primera consulta.

_Me suena un poco difícil de creer eso de que se enamore tan rápido. Para mí se calentó con el doctorcito.
_Si lo desea así, pondremos que se quedó recaliente con este hombre.
_Sí, así es más real.

El doctor Miranda registró en algún lugar oscuro de su mente este dato. Le gustaba impresionar a las mujeres pero sin perturbarse. Despidió a Amanda e hizo pasar al siguiente.
Su consulta terminaba todos los días a las ocho de la noche, minutos más, minutos menos. Ordenaba el consultorio junto a su secretaria cincuentona de agrio carácter, esterilizando cuanto material había cerca de él. Lavaba las toallas y mojadas las extendía sobre la mesada de la cocina, a veces las tomaba inmediatamente otra vez, las hacía un bollo y las volvía a extender en otro sitio, sin motivo, mientras le explicaba a Dorita que no era lo mismo, que de este modo, quedarían mejor planchaditas para el día siguiente ante la mirada de incomprensión de su secretaria. Luego de esterilizar todo su instrumental, barría y desinfectaba los pisos y los muebles que hayan estado en contacto con los pacientes. Volvía a enderezar algún cuadro o a tirar en el tacho alguna pelusita suelta. Luego de estos quehaceres, se entregaba al ritual del lavado de sus manos. Diez minutos exactos, primero con jabón, luego con desinfectante. Desenchufaba el ozonizador y como último detalle, tiraba un poco de desodorante de ambientes. Cerraba el lugar con varias llaves, y se dirigía al subsuelo a buscar el auto, impecable 0Km rojo,  que también olía a desinfectante.

_Bastante pulcro el hombre ¿no?, yo creo que...
_ No interrumpa y siga leyendo.

Al día siguiente, por supuesto, lo mismo. Primera paciente: Amanda Gómez.
Volvió con un dolor más concreto. Le dolía muy profundo en el pecho. Se quitó la ropa y mostró su lencería de encaje, muy sexy y premeditada ostentación. La auscultó, entre suspiro y suspiro, entre piel de gallina y perfume francés. El doctor Miranda reconoció la marca. Ese perfume podía transportar a cualquier hombre. Pero él no era cualquier hombre. Y para ella ¡ni qué hablar! tampoco era cualquier hombre.  A ella se le erizaba la piel, él pensaba que tal vez ese corpiño no estaba vacío de bacterias. Amanda hablaba con vos gatuna jugueteando con mechones de su cabello, poniéndolos para un lado, para otro, como una adolescente despreocupada. En un momento sus rostros estuvieron tan cerca que podían olerse el aliento. Ella suspiraba, él carraspeaba. “¿Me va a decir lo que tengo, doctor?” le susurró muy cerca de la oreja.
De pronto, se colocó a espaldas del médico… y apoyándole los pechos en la espalda, comenzó a masajearle le nuca…
Él, alejándose, indicó en un papel membretado unos estudios. _Tendrá que hacerse un electrocardiograma  y después vemos, seguramente no es nada por lo que puedo deducir. Ya puede vestirse_. Ella ya empezaba a aceptar esa jugada que se le presentaba como tan difícil, él no era cualquier hombre.
Las consultas se sucedieron con frecuencia semanal. Amanda agrandaba sus escotes, profundizaba cada vez más su voz, copiaba mil peinados distintos de la “Para Ti”, uno más sensual que otro, y gastaba litros del perfume francés. Pensando que él era demasiado tímido, decidió tomar la iniciativa.

_”Decidió tomar la iniciativa es muy infantil!” Yo le pondría… “cogérselo”, le da más fuerza a la acción.
_Bien, pero no puedo dejar de decirle que usted es muy procaz  y soez!

Pensando que él era demasiado tímido, decidió  cogérselo.
Consultó ese día a su amiga sobre el pulido arte de la seducción, ese arte que se transmite tan sutilmente de mujer a mujer, en secreto, a escondidas, urdiendo tramas, aplicando  técnicas y estrategias.

_No me diga estimado lector que esto no le resulta familiar.
_Sí por supuesto, cada mujer ha tenido lo suyo en estas artes.

 Y bien, llegó al consultorio en el último turno. Esta vez no le dolía nada, simplemente, para charlar nomás. Había tantas cosas en común entre los dos, la pintura, la filatelia, la comprometida situación del país naufragando en la democracia. En fin, la charla se tornó amena... Hasta que vino el silencio. “¿Y ahora de qué hablar?”  Amanda pensó que había llegado el momento de poner en escena lo que tenía preparado. Una copita de jerez la ayudó y un cigarrillo finito y ciento veinte. El doctor Miranda, parado delante de su escritorio la vio acercársele, lentamente, cediendo cada botón de su camisa al peso sensual de sus pechos, dejando a la vista su blanquecina y ondulada superficie palpitante, ardiente. Las palabras no hacían falta. El deseo era protagonista. Y cuando estuvo demasiado cerca, él se escabulló en un movimiento controlado hasta la cocina para iniciar el ritual del lavado de manos. Ella se terminó de vestir muy lentamente.

- ¿Y no se le paró ni un pelo al tipo?
_No se apresure, se lo voy a agradecer. Y ya no siga son sus procacidades.
_Yo no dije nada malo, eso lo pensó usted que bien tendrá su cabeza llena de ratones!

Amanda ya no sabía qué más hacer. ¿Había fallado? No, no era posible.... Intentaría de nuevo.

Esta vez, acudió a la Mai Dangue, una pitonisa del barrio de Congreso. Su amiga le había dicho que en las brujas no hay que creer pero que las hay, las hay. Le explicó brevemente el caso.
_Se trata de un simple trabajito muchacha. Le ponés estos yuyitos y se los dás a tomar, mezcladitos si es posible en una infusión. Después, pinchás una naranja con alfileres, cada vez que clavás uno, vas pensando en todo lo que te gustaría hacer con él... por ejemplo, que te bese ardientemente mientras te sujeta por detrás, que juegue con tu cabello, que te vaya sacando la ropa, que…

_Perdón la intromisión, pero le agregaría lo que dicen que es muy efectivo: adosar una foto de él en el parlante de un grabador y mandarle mensajes subliminales.
_ Gracias por el dato. Si se le ocurre algún otro  hechizo, anótelo también.

Y la Mai continuó_ Vas pensando en todo lo que te gustaría hacer con él, después agarrás un grabador,…

-Noooo, siga, siga, que mas le dijo la Mai?? Que mas, que mas???
_ Siga leyendo y no sea pajero.

Y la Mai continuó _...Vas pensando en todo lo que te gustaría hacer con él, después agarrás un grabador,… cualquiera nomás, le grabás esto: “Enrique..., te deseo, hasta lo más profundo, quiero que seas mío, quiero entregarme totalmente, mirame, deseame, tomame. Que así sea._.
_Le pegás al parlante una foto de él, y lo dejás pasándole el mensaje durante tres noches seguidas_.

 Amanda salió corriendo, agradecidísima. Y en el fondo del oscuro pasillo se perdieron las últimas palabras de la pitonisa: _Pero no abusés, muchacha.. porque si no..._
Pinchó tres naranjas y le mandó cinco noches al grabador, por las dudas. Llevó los yuyitos  y cuando llegó su turno le dijo que por qué no dos cafés. Allí los mezcló en un descuido.
Esperó un minuto, diez, quince. Nada. El doctor Miranda apuró el tiempo, rapidito, que se hacían las ocho y tenía que asear el consultorio. Y ahí terminó el asunto.
                                             FIN.    
                                                                                                     
_ ¿Fin? ... Si este es el final, permítame decirle que me ha dejado totalmente desilusionado. No cierra...Usted que es escritor debería saber que al lector le gusta que las cosas tengan un cierre, que concluyan, que terminen,  que acaben!!!! ¿Me entiende?_
_Bien, veremos qué puedo hacer.

Al día siguiente, Dorita,  la secretaria, se extrañó, al ver que ya pasada la hora el doctor no había llegado. Suspendió los turnos. Y así toda la semana. Llamando por teléfono a su casa, no obtuvo ninguna respuesta. Pensó en algún viaje repentino y que no llegó a avisarle. Pero todo estaba en su sitio, ni una nota, ni un mensaje. Aguardó una semana más, y una tarde, al abrir el consultorio, lo encontró.
El olor a tabaco y a encierro era nauseabundo. Estaba sentado, en penumbras, fumando y con un vaso de whisky en la mano, barbudo y sucio. Su consultorio era un verdadero caos, almohadones tirados sobre el piso, libros desparramados, tazas  a las que se les había escapado el contenido. Los cuadros colgaban inclinados hacia un lado, bandejas de rotisería sobre las lustrosas bibliotecas, y  apoyado sobre una pila de poemas de amor, Ernesto Miranda susurraba sin parar:
_Amanda... Amanda... Amanda... Amanda...
_¿Y Amanda?

_FIN.

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