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jueves, 22 de enero de 2015

La Mamma


 
Cómo te extraño. No te das una idea lo difícil que se me hace intentar retener mis lágrimas cuando tu recuerdo me invade. No puedo dejar de pensar en tu partida, incierta y brusca, no puedo evitar imaginarme quién será tu dueño, cómo serán las manos que ahora te acarician, las que se pasean por vos disfrutando cada instante, cada milímetro de tu superficie, por qué caminos tapizados de grises hojas te mueves, tan grises como mi propia vida. Si me extrañas es algo que no sabré, ni tampoco si fue el destino o tal vez, fui yo mismo quien te dejó partir. Pero culpable, hay una sola.
Nunca me olvidaré de ese día.

-Hola
-¿Ya llegaste?  No sentí que entraras el auto.
-Es que tengo que volver a salir.
-Carlos... ¿todo bien, el trabajo?
-Bien...
-En la oficina, alguna novedad...
-Dale Susana, ¿qué querés decirme?
-Buona notte genero mio, come dici che stava?
-Carlos,  mamá va a quedarse unos días con nosotros.
-¿Tu vieja?!! ¿Cómo se te ocurrió invitarla? ¿No habíamos quedado en que íbamos a pasar el fin de semana solos, para eso mandamos los chicos a lo de mi hermana?
-Es mi madre. Me pidió  venir a pasar unos días, no me puedo negar ¿No?
-Nooo, por supuesto!! ¿No querrán venir  tu tía, tu prima y también el perro? Ya que estamos...
-¿Perro?... il cane ladra, ma per qué no va y se fica, per si acaso están llamando a la porta.
-¿Y hasta cuándo se va a quedar, me podés explicar?
- Bueno... una semanita, qué se yo. ¿Viste cómo quedó el jardín? Hoy vino  el del vivero y me trajo un montón de plantas nuevas.
-No me cambiés de tema, Susana. Sabés que a tu vieja no la soporto ni pintada en figurita.  Pero lo que más bronca me da, es que habíamos acordado una cosa y parece que vos no te hacés ningún problema por cambiarlo todo. No te interesa en lo más mínimo lo que a mí me puede gustar o no. Me estás cansando.
-Ma si está cansatto vaya y acuóeste un ratto, io le llevo la bolsa di aqua calente. Ma antes, fíquese que il cane ladra.
-Vamos, Carluchi,  no te pongas así.
-¡Cómo querés que no me ponga así! ¿No ves como desvaría?
-Alquilé un par de películas... bueno... ya sabés, de esas que te gustan. La vemos juntitos... bien tapaditos...
- ¡Sí, claro! Y tu vieja abriendo de repente la puerta de la habitación ¿No?
-La porta, per qué no va y se fica, filio mío, haber quiéne sono lo que lliaman. Il cane ladra.
-¡Cállese, vieja de mierda! Y vos, Susana, parece que tuvieras tres años. ¿Es que no podés pasarte sin tu mamita? No, claro, todavía no madurás, vos, la verdad me hubiera quedado en la oficina hasta mañana.
- Bueno, andate, si no te gusta tu casa, ya sabés lo que tenés que hacer.
-Perfecto, prefiero ir a un hotel antes de soportar a la vieja, metiéndose en todo,  hablando a los gritos, porque encima es sorda, vaciando la heladera, y además, seguro que debe pretender que la lleve a pasear en auto.
-Auto...  si usté lo decó marchando, voy aprontare mi bolso. Va bene, filia, te spero fuera.
-Pero váyase al demonio, si quiere,... ¡eh.. puede dormir afuera! -dijo gritando- Yo no me voy a ofender!!
-¡Siempre el mismo cretino!  Y ya que estamos en tema, tu vieja también me tiene podrida. Mirá, va a ser mejor que replanteemos nuestra situación. Vos te vas a lo de tu mamá, yo me quedo acá, hasta que se te pase la chifladura.
-Carlo, Dio mío, venga le dico...
-¿Usted otra vez acá? ¿No era que iba a dormir afuera? Déjese de molestar. Susana, dame las llaves del auto, me voy.
-Yo nos las veo... ¿Mamma, usted vio las llaves?
-Ma lo que io vi, es qui se llevarono su auto, stronzo.

Salí corriendo, y efectivamente ya no estabas. Cómo soportar esta pena... Pensar que hacía un mes me habías salido adjudicado... ¿Cuándo yo te volveré a ver?
Pero lo que es peor, aguantar a la vieja, cada vez que la veo, cuando me dice:

- Ahh, filio mío, ¿quiéne le dico que la mamma e sorda?



Maria Luz Brambilla




martes, 20 de enero de 2015

Asimetría






El doctor Miranda llegó puntual. Exactamente media hora antes de que empezara la consulta. Todo estaba en orden. Abrió un poco las ventanas que daban a la calle para airear el lugar que olía a alcohol y a desinfectante. Pero no demasiado, para no permitir la entrada de polvo y bacterias. Miró a su alrededor buscando alguna imperfección; enderezó un cuadro, tela de Toulouse Lautrec que exhibía una ignota prostituta parisina.

_ ¿Auténtica?
_No, nada de lo que allí había era auténtico. Pero él no lo sabía.

Era un hombre muy seductor, no se podía dudar. Algunas canitas le daban un aspecto de madurez temprana y sus ojos celestes en medio del rostro tostado hacían una buena conjunción. Se recibió de médico hacía algunos años y al mismo tiempo recibió la cartera de pacientes de su padre, que también era médico. Todo en orden, todo en su lugar.
Su secretaria le anunció la llegada de su primera paciente. “Amanda Gómez, adelante...”  Ella  era como un torbellino de aire fresco en aquel lugar abatido por la asepsia...

- ¿Era… usted me comprende, estaba para... es decir, ¿Tenía buen cuerpo? ¿Era atractiva? Estaba para “darle”?
-Pero ¿Usted para qué quiere saberlo? (ejemmm no me haga recordar…)

En fin, se puede decir que atraía más su misterio, su actitud corporal, sus gestos y su voz que cualquier otra belleza física y además era demasiado hipocondríaca.
Consultaba por un dolorcito aquí o allá o vaya a saber dónde, pero estaba segura de que le dolía en algún sitio. Comenzaron a hablar que a qué se dedica, que cuántos años tiene, que el clima está bastante cambiante debe ser por la capa de ozono. Amanda se enamoró totalmente en la primera consulta.

_Me suena un poco difícil de creer eso de que se enamore tan rápido. Para mí se calentó con el doctorcito.
_Si lo desea así, pondremos que se quedó recaliente con este hombre.
_Sí, así es más real.

El doctor Miranda registró en algún lugar oscuro de su mente este dato. Le gustaba impresionar a las mujeres pero sin perturbarse. Despidió a Amanda e hizo pasar al siguiente.
Su consulta terminaba todos los días a las ocho de la noche, minutos más, minutos menos. Ordenaba el consultorio junto a su secretaria cincuentona de agrio carácter, esterilizando cuanto material había cerca de él. Lavaba las toallas y mojadas las extendía sobre la mesada de la cocina, a veces las tomaba inmediatamente otra vez, las hacía un bollo y las volvía a extender en otro sitio, sin motivo, mientras le explicaba a Dorita que no era lo mismo, que de este modo, quedarían mejor planchaditas para el día siguiente ante la mirada de incomprensión de su secretaria. Luego de esterilizar todo su instrumental, barría y desinfectaba los pisos y los muebles que hayan estado en contacto con los pacientes. Volvía a enderezar algún cuadro o a tirar en el tacho alguna pelusita suelta. Luego de estos quehaceres, se entregaba al ritual del lavado de sus manos. Diez minutos exactos, primero con jabón, luego con desinfectante. Desenchufaba el ozonizador y como último detalle, tiraba un poco de desodorante de ambientes. Cerraba el lugar con varias llaves, y se dirigía al subsuelo a buscar el auto, impecable 0Km rojo,  que también olía a desinfectante.

_Bastante pulcro el hombre ¿no?, yo creo que...
_ No interrumpa y siga leyendo.

Al día siguiente, por supuesto, lo mismo. Primera paciente: Amanda Gómez.
Volvió con un dolor más concreto. Le dolía muy profundo en el pecho. Se quitó la ropa y mostró su lencería de encaje, muy sexy y premeditada ostentación. La auscultó, entre suspiro y suspiro, entre piel de gallina y perfume francés. El doctor Miranda reconoció la marca. Ese perfume podía transportar a cualquier hombre. Pero él no era cualquier hombre. Y para ella ¡ni qué hablar! tampoco era cualquier hombre.  A ella se le erizaba la piel, él pensaba que tal vez ese corpiño no estaba vacío de bacterias. Amanda hablaba con vos gatuna jugueteando con mechones de su cabello, poniéndolos para un lado, para otro, como una adolescente despreocupada. En un momento sus rostros estuvieron tan cerca que podían olerse el aliento. Ella suspiraba, él carraspeaba. “¿Me va a decir lo que tengo, doctor?” le susurró muy cerca de la oreja.
De pronto, se colocó a espaldas del médico… y apoyándole los pechos en la espalda, comenzó a masajearle le nuca…
Él, alejándose, indicó en un papel membretado unos estudios. _Tendrá que hacerse un electrocardiograma  y después vemos, seguramente no es nada por lo que puedo deducir. Ya puede vestirse_. Ella ya empezaba a aceptar esa jugada que se le presentaba como tan difícil, él no era cualquier hombre.
Las consultas se sucedieron con frecuencia semanal. Amanda agrandaba sus escotes, profundizaba cada vez más su voz, copiaba mil peinados distintos de la “Para Ti”, uno más sensual que otro, y gastaba litros del perfume francés. Pensando que él era demasiado tímido, decidió tomar la iniciativa.

_”Decidió tomar la iniciativa es muy infantil!” Yo le pondría… “cogérselo”, le da más fuerza a la acción.
_Bien, pero no puedo dejar de decirle que usted es muy procaz  y soez!

Pensando que él era demasiado tímido, decidió  cogérselo.
Consultó ese día a su amiga sobre el pulido arte de la seducción, ese arte que se transmite tan sutilmente de mujer a mujer, en secreto, a escondidas, urdiendo tramas, aplicando  técnicas y estrategias.

_No me diga estimado lector que esto no le resulta familiar.
_Sí por supuesto, cada mujer ha tenido lo suyo en estas artes.

 Y bien, llegó al consultorio en el último turno. Esta vez no le dolía nada, simplemente, para charlar nomás. Había tantas cosas en común entre los dos, la pintura, la filatelia, la comprometida situación del país naufragando en la democracia. En fin, la charla se tornó amena... Hasta que vino el silencio. “¿Y ahora de qué hablar?”  Amanda pensó que había llegado el momento de poner en escena lo que tenía preparado. Una copita de jerez la ayudó y un cigarrillo finito y ciento veinte. El doctor Miranda, parado delante de su escritorio la vio acercársele, lentamente, cediendo cada botón de su camisa al peso sensual de sus pechos, dejando a la vista su blanquecina y ondulada superficie palpitante, ardiente. Las palabras no hacían falta. El deseo era protagonista. Y cuando estuvo demasiado cerca, él se escabulló en un movimiento controlado hasta la cocina para iniciar el ritual del lavado de manos. Ella se terminó de vestir muy lentamente.

- ¿Y no se le paró ni un pelo al tipo?
_No se apresure, se lo voy a agradecer. Y ya no siga son sus procacidades.
_Yo no dije nada malo, eso lo pensó usted que bien tendrá su cabeza llena de ratones!

Amanda ya no sabía qué más hacer. ¿Había fallado? No, no era posible.... Intentaría de nuevo.

Esta vez, acudió a la Mai Dangue, una pitonisa del barrio de Congreso. Su amiga le había dicho que en las brujas no hay que creer pero que las hay, las hay. Le explicó brevemente el caso.
_Se trata de un simple trabajito muchacha. Le ponés estos yuyitos y se los dás a tomar, mezcladitos si es posible en una infusión. Después, pinchás una naranja con alfileres, cada vez que clavás uno, vas pensando en todo lo que te gustaría hacer con él... por ejemplo, que te bese ardientemente mientras te sujeta por detrás, que juegue con tu cabello, que te vaya sacando la ropa, que…

_Perdón la intromisión, pero le agregaría lo que dicen que es muy efectivo: adosar una foto de él en el parlante de un grabador y mandarle mensajes subliminales.
_ Gracias por el dato. Si se le ocurre algún otro  hechizo, anótelo también.

Y la Mai continuó_ Vas pensando en todo lo que te gustaría hacer con él, después agarrás un grabador,…

-Noooo, siga, siga, que mas le dijo la Mai?? Que mas, que mas???
_ Siga leyendo y no sea pajero.

Y la Mai continuó _...Vas pensando en todo lo que te gustaría hacer con él, después agarrás un grabador,… cualquiera nomás, le grabás esto: “Enrique..., te deseo, hasta lo más profundo, quiero que seas mío, quiero entregarme totalmente, mirame, deseame, tomame. Que así sea._.
_Le pegás al parlante una foto de él, y lo dejás pasándole el mensaje durante tres noches seguidas_.

 Amanda salió corriendo, agradecidísima. Y en el fondo del oscuro pasillo se perdieron las últimas palabras de la pitonisa: _Pero no abusés, muchacha.. porque si no..._
Pinchó tres naranjas y le mandó cinco noches al grabador, por las dudas. Llevó los yuyitos  y cuando llegó su turno le dijo que por qué no dos cafés. Allí los mezcló en un descuido.
Esperó un minuto, diez, quince. Nada. El doctor Miranda apuró el tiempo, rapidito, que se hacían las ocho y tenía que asear el consultorio. Y ahí terminó el asunto.
                                             FIN.    
                                                                                                     
_ ¿Fin? ... Si este es el final, permítame decirle que me ha dejado totalmente desilusionado. No cierra...Usted que es escritor debería saber que al lector le gusta que las cosas tengan un cierre, que concluyan, que terminen,  que acaben!!!! ¿Me entiende?_
_Bien, veremos qué puedo hacer.

Al día siguiente, Dorita,  la secretaria, se extrañó, al ver que ya pasada la hora el doctor no había llegado. Suspendió los turnos. Y así toda la semana. Llamando por teléfono a su casa, no obtuvo ninguna respuesta. Pensó en algún viaje repentino y que no llegó a avisarle. Pero todo estaba en su sitio, ni una nota, ni un mensaje. Aguardó una semana más, y una tarde, al abrir el consultorio, lo encontró.
El olor a tabaco y a encierro era nauseabundo. Estaba sentado, en penumbras, fumando y con un vaso de whisky en la mano, barbudo y sucio. Su consultorio era un verdadero caos, almohadones tirados sobre el piso, libros desparramados, tazas  a las que se les había escapado el contenido. Los cuadros colgaban inclinados hacia un lado, bandejas de rotisería sobre las lustrosas bibliotecas, y  apoyado sobre una pila de poemas de amor, Ernesto Miranda susurraba sin parar:
_Amanda... Amanda... Amanda... Amanda...
_¿Y Amanda?

_FIN.

Escenas

Escenas

l

El pasillo parecía más angosto de lo que era. Los tubos fluorescentes albergaban miles de mosquitas por lo que  iluminaban mal las cabezas que reptaban hacia el agujero de donde provenía el sonido de los trenes.
Ella tenía reflejos en su cabello. Otras cabezas la pasaban, giraban a su alrededor, pero su cabeza seguía en línea recta sin desviarse ni un centímetro de su andarivel. El flautista giro su flauta cuando pasó, y el mendigo no le extendió su mano. Una joven con sombrero se le acercó pero ella pasó de largo. El agujero estaba cada vez más cerca, pero no se apuraba como el resto de las cabezas. Hasta que al final de pasillo comenzó a detenerse el tren haciendo suaves curvas con sus vagones. La cabellera que le había robado reflejos al sol fue al encuentro del primer vagón, desapareciendo bajo el andén, hundiéndose para siempre en las vías sucias de aceite y colillas quemadas.

                                                          Escena ll

El flautista ya la había visto otras veces. Le conocía la mirada triste, como ausente. También había notado que ella se estremecía un poco con un rictus de placer cuando pasaba a su lado. Lo recordaba, fue el día en que interpretó “La Primavera”. Desde aquel momento buscó en su repertorio melodías para ella, únicamente para ella. Y cuando se acercaba la hora y la divisaba a lo lejos comenzaba a tocar, inclinando la cabeza a su paso. Pero su ardua tarea sólo era correspondida con un atisbo de dulzura en los ojos amargos de la muchacha. Sólo eso. Hasta el otro día, donde sus esperanzas se renovaban cuando el reloj marcaba las dos de la tarde.                                                 
El mendigo extendía su mano en forma automática, doliéndole el ruido de las pocas monedas que caían en su gorra gris y sucia. “La gente no tiene alma” - pensaba. Los restos de fideos con doble tuco y pesto que consiguió en la trastienda del restaurante le fueron insuficientes para calmar la agonía de sus tripas. Pero seguía ahí, como cada día, esperando de la gente. “La gente...” - rumiaba-  “la gente...”. Cuando ella apareció, le extendió su mano el primer día y recibió dos monedas de un peso. Para el vinito -¡Bendita seas muchacha con reflejos de sol!- y así, un día fue un vinito, otro día un cortado y un sándwich de salame, otro... su almuerzo dependía de la voluntad de la muchacha. El mendigo satisfecho ya un poco empezó a conocerla. Era muy joven y bella. Pero triste, qué triste. Sólo un gesto de dulzura, muy pequeño, casi imperceptible, cuando hacía resbalar las monedas en la gorra del mendigo. Él la quería como a una nieta, con una tibieza infinita.  A las dos de la tarde de aquel día algo fue distinto, algo en su rostro, no había dulzura, había la nada. Por eso ese día él no le extendió la mano -pobre chica qué le habrá pasado? la gente no tiene alma-.
Cuando el flautista y el mendigo la vieron desaparecer bajo el peso del tren escucharon los gritos de la gente y a un ciego que vociferaba desesperado levantando su bastón.  Pero ellos se quedaron mudos y volvieron a su soledad para siempre.

Escena lll

Qué calor hacía dentro de los interminables pasillos de los subterráneos. Y yo con este sombrero ridículo... pero... ¿Dónde estará la salida para Av. de Mayo? No sé por qué no señalizan bien. No, tengo que reconocer que soy una despistada. Le pregunto a este señor... Hay, no. Parece apurado. Mejor a esta chica, camina despacio, sí, a ella.
_Disculpá, no sabés dónde está la salida para Av. de Mayo?  Esto parece un laberinto ¿no?
_ ....
Pero qué antipática, ni se molestó en contestarme ni en mirarme ¡Yo también me encuentro con cada uno! Mejor le pregunto a esa señora...
_ Disculpe...

Escena lV


Parecen ganado... todos en fila para el mismo lado. Apurados unos, tranquilos otros. Una masa humana deslizándose por los sombríos túneles. También hay gente que parece como si no  le importara, como aquella chica, tomándose su tiempo. ¿Nunca te preguntaste adónde van todos?  Uno sólo los ve desaparecer por los agujeros que desembocan en los andenes. Y después, quién sabe.

Escena V


Mientras la gente pasaba a su alrededor ella no dejaba de pensar.
Ya no podía vivir así, no tenía sentido. Cuando era niña no se lo dijeron.  ¿Por qué tuvieron que ocultárselo recién hasta ayer?  Sangre derramada de sus verdaderos padres, torturados y fusilados. Vejaciones, golpes y esa panza que la llevó adentro junto con los ideales de los ‘70.
El flautista giro su flauta cuando ella pasó, y el mendigo no le extendió su mano. No había placeres terrenales ni celestiales que pudiera disfrutar. No tenía derecho, no tenía una tumba para visitar.
Levántense carajo, vamos a hacer un “viaje”. Imaginó esas palabras de boca de un milico gordo y borracho. Su padre abrazando a su madre que la sostenía en brazos.
Se le acercó una joven con un sombrero ridículo, le preguntó algo, no supo ni qué le dijo.  El tren ya viene, tenía que aprovechar ese impulso de valor o de cobardía. Lo supo desde siempre, no tenía derecho a vivir.

La arrancaron de los brazos de su madre, jovencita, una beba. El desgarro, ahora sí lo recordaba. Ella tenía un deber. Ella sí iba a tener una tumba. Así que, simplemente, se tiró bajo el tren.



Última escena


Hace tanto frío afuera. Acá hay un calorcito que reconforta. Los pasos tienen distinto ritmo, lentos, atolondrados, nerviosos, pausados. Una ráfaga de olor a guiso se mezcla con el Tresoir de alguna mujer. Murmullos, preguntas, reflexiones, discusiones, confesiones de la gente. No se puede caminar, uno se choca con todo. Acá está bien. Debe ser una chica, sus pasos son suaves. Me ubico detrás de ella, dejándome guiar. El taco derecho es el que pisa más fuerte, marcando el sentido.  Pero... su respiración es dificultosa, debe fumar mucho, o está mal. Esa melodía en flauta traversa siempre me gustó, aunque Maximiliano la prefiere en piano, qué ocurrencia. ¿Habrá que ponerle una moneda? ¡Qué raro! Hubo cierta vacilación en el flautista cuando pasé cerca de él. Pero seguro que nadie lo ha notado.
La respiración de esta muchacha sigue mal ¿Y si le pregunto? No, mejor no.  Si no fuera un viejo delirante hasta diría que le escucho los latidos del corazón... parece que se le va a saltar, que se le va a explotar. ¿Cómo podría ayudarla?

Viene otra oleada de calor, llegamos al andén. Sí... ahí viene el tren, lo escucho. Voy a tratar de entrar detrás de ella, tal vez en el viaje le saque conversación y pueda hacer algo... Los frenos del tren, los gritos de la gente, el corazón que explotó...¡¡NO!!!

miércoles, 7 de enero de 2015

La célula de la Sociedad


Siempre se comentó en el pueblo de La Cumbrecita que don Ubaldino tenía a raya a su familia, para bien, claro. Yo mismo lo he visto hincarse muy devoto en misa en el momento de la Consagración a pesar de que le costaba acomodar su vientre voluminoso.
Se comentaba, lo he oído de boca de mi propia esposa que doña Catalina, su mujer, padecía de enfriamiento en sus zonas bajas, lo cual era admirable por cuanto toda mujer ha de conformarse con parir y criar su descendencia, y si no le falta el pan...
Matildita sí le había salido un poco rebelde. Decían que a la muchachita le gustaba coquetear con el dependiente del almacén de ramos generales cuando no era con el maestro panadero. Pero supongo que eran sólo habladurías porque era bien sabido que dedicaba noches en vela a tejer ropitas para los niños del orfanato. Salía muy de noche, yo mismo la he visto, bordeando el camino de la sierra entre los espinillos hasta las casuchas perdidas en las sierras para llevar pan y abrigo a las familias. Lo sé porque llevaba bultos bajo el brazo y con qué energía aguantaba las noches en vela. Siempre se la veía dinámica aunque un poco alocada. Es que dicen que las sierras cargan a uno de energía... vaya a saber.
Bruno era callado, hosco. Apenas si le saludaba a uno por la calle. Me intrigaba su forma de ser, tan apocado, no se le conocía mujer. Cierta vez tuve la intención de explicarle las cosas de la vida ya que como no tuve la suerte de tener hijos varones me tentó la idea de hacer de ese muchachito todo un hombre. Pero desistí cuando en el bar de Jacinto escuché a su profesor de teología decir que Bruno tenía todas las condiciones para entrar en el sacerdocio. Un honor y una honra para don Ubaldino, tener una hija caritativa, una esposa abnegada y un hijo cura.
Así se hablaba tan bien de ellos en La Cumbrecita. Los veíamos salir de misa, callados y sonrientes... “Buenos días don Aldo... Adiós doña Marta..” saludando con cortesía. Si de noche uno pasaba por su casa, a trasluz de las cortinas se observaba a la familia reunida a la mesa rezando la oración;  a doña Catalina y a Matildita tejiendo en el sofá y a don Ubaldino fumando su pipa luego de la cena. Ejemplo para la sociedad.
Siempre lo creí así, y si no lo hubiera visto con mis propios ojos, no hubiera soñado siquiera con lo que pasó. Fue el mismo día en que don Ubaldino anunció que se iba de viaje como todos los meses a buscar mercadería a Buenos Aires, cuando decidí ir a cazar, cosa prohibida en La Cumbrecita, pero bue… uno no es perfecto. Entrada la noche apronté mis cosas y  subí a las sierras cruzando entre los chañares.
Me atrajo el barullo y unas luces a lo lejos. Eran de un chalecito al que nadie le conocía dueño. Parecía una fiesta. Algo bastante raro en aquellos parajes. Movido por la curiosidad me pegué a los ventanales y allí comenzó mi calvario.
Estaba don Ubaldino rodeado por una montaña de gente desnuda. Él cubierto sólo con una piel de tigre y un vaso en la mano, mientras el dependiente del almacén de ramos generales lo besaba con pasión y el maestro panadero lo abrazaba por atrás.
A un costado se veía un grupo de mujeres acariciándose y tirándose bebidas sobre sus cuerpos. Iban y venían sin prejuicios, como Dios los trajo al mundo. Nunca pensé que eran posibles tantas acrobacias humanas... Estaba tan absorto por la escena que no advertí hasta mucho después que un grandote me hacía señas para que entrara y me sumara a la orgía. Salí corriendo y sólo me di un respiro mientras me alejaba para mirar de reojo a la tetona que se me ofrecía jugosa.
 Bajé casi flotando las laderas de las sierras, enloquecido por aquél descubrimiento y me dirigí a casa de aquella familia destruida por ese padre enfermo. Traté de advertirle a doña Catalina pero cuando llegué y entré, sin esperar a tocar el timbre, la vi ocupada con las partes bajas del profesor de teología del colegio del Sagrado Corazón.
Como borracho hui, pero tropecé en mi camino con dos muchachas, una de ellas, Matildita, reían alocadas pasándose un polvito blanco por la nariz y besándose apasionadamente con dos desconocidos.

Pensé en Bruno, el varón, el hijo que la naturaleza no me dio. Fui a buscarlo a la sacristía puesto que era habitual encontrarlo allí. Luego comprendí que no podía ser de otro modo: estaba bebiéndose el cáliz del sacristán.
Mi calvario aún sigue. Intenté convencer a la buena gente de La Cumbrecita de que aquella familia no era modelo para la sociedad. Pero no me creyeron. Entonces me paré en el palco el día de la  fiesta del santo patrono para que me oyeran todos y grité la verdad.
Desde ese día estoy encerrado en una celda por anarquista, la que comparto con dos putas con las que suelo rezar un rosario por las noches.


MARIA LUZ BRAMBILLA

domingo, 4 de enero de 2015

Yo... Argentina




Sonó el timbre. Su vecina ya le caía encima para contarle del nuevo asalto en el barrio y que un desconocido se había colgado de algún teléfono de la cuadra  ─¿No será del suyo Pantaleón?

Volvió y cayó pesadamente en la silla naranja vintage, años 70.
Crónica seguía inmutable: "El informe presentado por la diputada Anita fue defenestrado en el Congreso por presentar faltas de ortografía. Pasando al ámbito internacional, nuestros ciudadanos han tenido inconvenientes para ingresar a otro país porque el plástico que cubre la foto del pasaporte se despega con facilidad. Al respecto, el Estado estudia los pliegos de licitación para la fabricación del llamado "pasaporte chip" que se coloca debajo de las uñas (entre la uña y la piel del pasajero) y sería así inalterable. Dicho pliego pertenece a la empresa alemana Mastrogësen y estima el precio de cada unidad en..."

Pantaleón dejó el sándwich. Miró a su alrededor: un ambiente supuestamente pop, supuestamente alegre, pero tan gris... Se quiso parar pero se volvió a caer en la silla vintage.

Están de moda_ dijo_ pero me deja el traste cuadrado.

Crónica arremetía: "Un proyecto oficial planea angostar varias cuadras de la Av. Corrientes. Se plantarán árboles en las veredas, se mejorará la iluminación y se ordenarán los carteles publicitarios agregándoles musicalización que estaría a cargo de Radio Nacional. Para eso se estima una inversión de 12 millones de dólares (valor blue) los cuales se recaudarán del nuevo impuesto a los jubilados por el uso de servicios del Pami. Mastri  sigue así incursionando en las mejoras de las bici sendas…."

Tragó un poco de vino tetrabric y pronto presintió lo que se avecinaba: Un eructo que venía de lo más profundo de sus tripas se abrió paso rápidamente, salió de su boca y todo empezó a temblar. Una inmensa masa olorosa inundó la cocina, el living comedor, el dormitorio... La desidia y la quietud se mezclaban en el olor del salame rancio y el gusto agrio del contento pasajero, la alegría disfrazada del gol de  Racing que disfrutó un poco anoche, la tranquilidad de "todavía tengo un trabajo hay que cuidarlo", el sobre del sueldo magro y descontado.

La primera en moverse fue una mesita de tres patas de 1957 más vintage que la silla naranja; comenzó a girar en espiral y se elevó, se elevó y rajó por la ventana, viajando por el espacio del tiempo hasta llegar justo un segundo antes de que una mamushka apoyara sobre ella una radio a transistores en la cual anunciaban (en ruso, claro) el lanzamiento del satélite artificial Spútnik I, adelanto del comunismo.

Después le siguió el escritorio de fórmica amarillo y patas metálicas, también remolino y a rajar. Se instaló en el mayo francés de 1968, a tiempo para que Cortázar terminara el capítulo 75 de Rayuela.

La psicodélica fuente de plástico con frutas de plástico llegó a los postres de un hogar español en 1975, donde festejaban la muerte de Franco, y el espejo decorado con borde de hojalata fileteada fue a parar a un cuartel americano, donde el soldado Jhonny Black alcanzó a mirarse al pasar, después de su reciente llegada de Vietnam.

La banqueta fucsia con almohadón amarillo salió en volteretas torpes y así llegó a Puerta de Hierro donde no tuvo buen recibimiento, el perrito blanco de Perón destrozó el almohadón en un segundo, "Fuera pichicho, fuera" decía Isabelita.

La cama tuvo inconvenientes para salir. Primero intentó por la ventana, no hubo caso, así que se abrió el techo y salió volando, por supuesto a tiempo para sostener el cadáver de Sadat que cayó pesadamente luego de ser asesinado por extremistas islámicos (prefiero no mencionar qué grupo, no vaya a caerme un escuadrón de la CIA por escribir esto).

En cambio, la lámpara de pantalla verde tuvo una salida suave, se deslizó armoniosamente y fue a parar a la recámara principal del Papa Juan XXIII, mientras éste terminaba la encíclica Pacem in terris y su doctrina de la iglesia acerca de la paz y sus relaciones con el comunismo. ¿Otra vez el comunismo? Y, sí.

El sillón metálico de tiras de plástico blancas, el preferido de Pantaleón, voló para sostener el cuerpo cansado del Che que acababa de escribirle una carta a Frondizi donde le decía "Estuve reflexionando sobre lo que hablé con usted, eso de que Cuba no insista en querer exportar la revolución a otras naciones. Pero ¿sabe lo que pasa Arturo? Aún sin injerencia o influencia cubana, la revolución es inevitable pues están cerrados los caminos de la evolución pacífica en América".

Y así uno a otro, todos los muebles de la casa se rajaron. Definitivamente. Out, fuera del país.

Pantaleón se quedó atónito, dando vueltas sobre sí mismo. Pero... ¡Ah! El tapiz inca de la pared del living aun estaba ahí. Bastó para que lo mirara y éste empezó a temblar, dio vueltas, y se esfumó literalmente. Fue a parar a la sala de sacrificios del emperador inca Tupac Yupanqui... Pero ¿no hace mucho de esto? Es que se quiso ir bien a la mierda, por la dudas.

Y así, Pantaleón buscó un lugar para sentarse. Lo único que encontró y que no pudo irse fue el inodoro. Se sentó y se puso a leer el diario.

─ Pero dígame doña Chola, ¿el pobre no pudo hacer nada?
─ Iba a hacerlo, pero justo se lo tragó el inodoro y fue a parar a las cloacas y...
─ ¿Y usted no pudo… hacer nada?

─ Le repito, Erminda, no me haga preguntas, yo no sé nada, yo... argentina.

Tango y Patria


Y yo me hice en tangos,
me fui modelando en barro, en miseria, 
en las amarguras que da la pobreza,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 
y yo me hice en tangos porque...
porque el tango es macho,
porque el tango es fuerte, 
tiene olor a vida,
tiene gusto... a muerte.

Celedonio Esteban Flores  
(Versión de Julio Sosa)


   Escucháme, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto. Hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas  y las lleva toda la vida, hasta que uno siente que debe escribirlas, decírselas a alguien...
   Yo sabía cuánto la deseabas, y también supe cómo fue muriendo en ella lo que sentía por vos. Fue a causa del tercero que se metió para joderlo todo. Supe... lo supe desde el comienzo. 
   Hoy quiero contártelo. Esa chirusa vestida de negro me espera en la yeca, está ansiosa por llevarme no sé a qué tugurio impregnado de olor a pucho y ginebra. Y tengo poco tiempo, chabón.
   En este miserable cafetín de tango, el que da sobre la calle Piedras, en la misma mesa en la que estoy sentado, aquí comenzó todo. Él la invitó a bailar, ella aceptó, linda papusa vestida de negro y con soguín rojo resaltándole el cogote. Bailaron un cuatro por cuatro.
   "¿Por qué le pusieron "El choclo"? _ dijo ella.
   "No es por el maíz, pebeta, es por el bailongo.".
   A él le gustaban las minas, pero no cualquier mina, pibas de barrio, cuanto más mistongas, mejor. Y las hundía hasta la más honda lujuria buscando satisfacer cada preferencia. Si ellas querían ser reinas, él las hacía reinas, pero a cambio exigía boleto de pertenencia.
   Así fue como un día se le cruzó Estercita, ¡qué pipiola la Estercita! Ya era reina por sí, por naturaleza, pero el hombre se la chamuyó lindo, la trabajó de tal modo que ella pensó que sólo sería reina a su lado, y sin él sólo un pedazo de bosta.
   A las dos semanas ya estaban revolcándose en una amoblada polvorosa, con sábanas usadas y estufa a querosén.
   Ella le creyó todo. Pronto le prometió que iba a ser "su" puta, la mejor que había tenido nunca. Él la obligó a teñirse las crenchas de rubio y a pintarse la jeta de rojo.
   Todo placer, hermano, todo placer. Mientras los negros afuera se reventaban las tripas de hambre y desesperación. Él alcanzó a escucharlos en medio de un orgasmo. Después la miró, y descubrió que ella podía ser algo más que una puta.
Entonces sacó de abajo de la cama su gorra de milico, le levantó el pelo y se la puso.
   –Mi Capitana de puta madre –dijo. Ella sonreía.
   Fue poco el tiempo en que pudo pasearla en coches lujosos y en palcos, para enardecimiento de los cabecitas. Porque la masa hambruna la querían para ellos, "Mi Capitana" la llamaban.
   El chabón se disgustó un día. Ella era y debía ser para él por siempre.
   Entonces la encerró en una habitación, pero de lujo, che. La peinó con el pelo amarillo tirante para atrás con un rodete, y le puso un trajecito sastre achicándole las carnes de la cintura. Ella sonreía…no sabía.
   Le gustaba que él le pintara la uñas de rojo, le gustaba usar alhajas. Pero también le gustaba hablarles a los negritos desde el balcón. ¡qué gran error!... Eso no, carajo, eso no.
   Fue así que terminó su obra de arte para él solo. Le cosió los labios con hilo grueso hasta dejarla muda. La sentó en un sillón de terciopelo y encendió una lámpara de aceite a su lado. Ella ya no se movió nunca más. 
   ¿Que si así termina la historia, César? No, hermano, falta. Me tengo que apurar porque esta mina que me espera vestida de negro me dijo que me tiene un lugar en la Chacarita. Y después de pedirme que le haga el amor, la muy puta me va a terminar llevando nomás.
   Me queda sólo un minuto. Te tengo que pedir un favor. Escucháme:
   Después de que la Estercita se me quedó muda para siempre, no pude rajarme del asedio de los cabecitas. La querían, la quieren, no se la olvidan, carajo. Y yo ya no la puedo esconder más.
   ¡Ya viene, ya entra y ya me lleva...! Por favor, César, te la dejo a la Estercita sentada en el sillón; dale una manito de barniz porque ya está muy descangallada la pobre, aunque mantiene eternos sus treinta y tres pirulos y su sonrisa de Capitana. También te dejo mi gorra de milico. Eso sí, nunca dejes que algunas putas quieran ocupar su lugar… Estercita hay una sola.
   Dale todo a los cabecitas, ponéles a la Estercita de lejos, como si estuviera viva, ponéle en la cabeza mi gorra de milico.
   Tal vez así dejen de gritar por su presencia. Tal vez así yo pueda descansar en paz.
                                                                                                                                       
Maria Luz Brambilla


Imagen: El choclo de Enrique Santos Discepolo formato cine con Tita Merello.

La Libreta de Cuentos



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La Libreta de Cuentos surgió con anotaciones de ideas, breves descripciones, observaciones de la conducta de la gente mientras viajaba en la Linea Roca y el Subte C, D, B, ect. Hay mucho para contar.
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Me gusta el realismo mágico y el sarcasmo.
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Maria Luz Brambilla